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viernes, 6 de diciembre de 2013

MECHELA. SEVILLA

Melinda y melinda


Hoy vamos a hacer un juego. Bueno, para ser más exacto yo voy a proponer un juego y vosotros, si estáis ahí, pues lo seguís o me mandáis a la mierda como de costumbre. Voy a plantear la reflexión sobre el último bar que he visitado desde dos perspectivas. La una va a ser a mi estilo, farragoso y sarcástico, pues como siempre, y la otra va a ser una oda a la sencillez, ya sabéis, la búsqueda de la complicidad perdida o nunca encontrada. En aquella, yo voy a dejarme llevar a base de escrituras automáticas, a base de anecdotarios y oraciones con más complementos que una niñata en rebajas; sin embargo en esta, voy a cumplir los húmedos sueños de todo aquel que me ha acribillado con frases del tipo "no se entiende un carajo" o "eres tela de petulante" o "David, por qué no te buscas otra afición", además de la maravillosa frase con la que comenzaba el comentario anónimo del Besana, "Usted debería buscarse otra profesión porque la de crítico gastronómico le queda muy grande", (Dios, si esta fuese mi profesión la llevaba clara). Amiguitos, voy a cumplir vuestros deseos y voy a hacer que se entienda mi reflexión de arriba a abajo; nada de oraciones subordinadas ¿ok? ¿Comenzamos?.

*Por cierto, decir que el restaurante del que voy a hablar se merece una reseña enorme y bien densita, pero bueno, me apetece experimentar. 

Versión "vamos al turrón".

Sábado noche, tengo jama. Paso de que me intoxiquen en el mcdonald=soy un sibarita. Tengo 20 euros y no me gusta el furbol, los pantalones del h y m, ni bebo brugal con coca cola los fines de semana de manera enfermiza, por lo que me lo gasto en cenar. Además nadie me aguanta por lo que no tengo que invitar y me lo puedo gastar directamente en mi y en mis coj... Ando por el centro de la ciudad, un centro abarrotado de gente que parece drogada por el espíritu de una navidad que cada vez llega antes. Ellos compran compulsivos y felices de haber encontrado mejores precios que el vecino, de hecho apuesto a que se creen sabios y todo. Yo no compro nada, yo me lo gasto en comer. He leído en internet que hay un bar de tapas que se llama Mechela y que merece una visita (sí, internet a veces sirve para algo más que para poner mamonadas en facebook, bajar películas piratas y jugar a videojuegos que tratan de crear una granja). Voy. Estoy acompañado de dos buenos amigos. Entramos. Bonito. Tapas a una media de 4 euros. Caro si tu expectativa de gasto en la cena es la de plato de nachos gigante por 50 céntimos; barato si dejaste los 15 años y la superpop atrás. Pequeño, acogedor, mucha gente y obligatoria reserva si se quiere uno sentar. Nosotros que no somos previsores nos sentamos en la barra y pedimos. Yo pido 3 tapas, 1 postre y dos copas de vino. Cada cosa en su orden, se entiende ¿verdad?. Primero bebo una copa de cava "Al Alba" porque aunque os suene a algo procedente de Plutón, el cava también se puede beber aunque no sea fin de año. Después bebo una copa de vino tinto "Chinchilla" de Ronda, denominación de origen exótica para todos aquellos cuyo conocimiento sobre el vino se resume en 3 palabras mágicas: Rioja, Lambrusco y tintodeverano. Ahi va:




Aperitivo por cuenta de la casa: Especie de ensaladilla con pepino y manzana. Rico y además de grati.





. Ajo blanco con gambón. Mu güeno.




. Puntillitas con huevos rotos y patatas a lo pobre. Mu grande y mu rico.




. Tajine de rabo de toro con cous cous y garbanzos. Mu moro. De arte, habe.





. Postre: Media esfera de chocolate y praliné con crema de melocotón. Excelentes notas de...ejem ejem, digo, to rico, y la jartá de chocolate, con su melocotón y sus almendritas. Postraco.


Sábado más de noche todavía. Ya no tengo jama. He cenado de escándalo. Quizás me hubieran cabido otras 4 tapas más, pero simplemente porque estoy enfermo (la famosa culebrina que dicen las viejas). Tapas grandes y muy ricas, repito MUY RICAS. Pagué 22´40 euros, ¿caro?, seguramente os lo parezca, pero que le vamos a hacer, a mi me encanta hacer el imbécil gastando mis escasos ahorros en experiencias que se me quedan grabadas de por vida. Los orgasmos siempre son caros, amiguitos.


Versión "el maravilloso mundo de las esdrújulas".


 Intrépido y rápido, como el vástago del relámpago, me descubro en formato efeméride, cíclico, órdago al fin de año, como dentro de una película localizada, qué fantástica suerte, justo en mitad del vórtice de un caótico páramo. Céntrica estampa: disfrutar cínico del típico cólico gráfico, la fábrica de crédulos drogados con el narcótico hálito del espíritu de la NÁVIDAD. Yo, melancólico trápala, colérico estúpido, hoy, nostálgico del cálido ácido lisérgico o incluso del arsénico, total... Ellos, un ejército de cómodos e insípidos héroes domésticos, pero, joder, me ganan en número y no nos engañemos, están en la cúspide de la pirámide, así que mejor me callo. Aun asi, irónica situación, tantas quejas arrojadas al olvido en cuanto se encienden los rótulos y las luminarias que anuncian la época preferida de los banquetes distópicos y las vísperas. (¡¡Esdrújulas fuera!!) Pues eso, a disfrutar de las marabuntas y a comprar besugo un 2 de diciembre para congelarlo, sí señor, así se hace.

Me camuflo en la oscuridad de una boca-calle con más mandíbulas que ángulos, aturdido por tanta luz y azorado a base de necesidades fisiológicas. De entre tanto ladrido, se distinguen matices extraños, una suerte de mordiscos de otra clase, quizás de esos que a mi me gusta regalar. Continúo el mapa de sonidos movido por la curiosidad y el ansia, hasta encontrarme con un umbral prometedor. Mechela enfrente, a los lados la sombra y el paseante extraviado y cada vez más lejos la grotesca sinfonía del consumismo; bonito bodegón. Tranquila entraña, sosegada, elegante e inspiradora. Serena a pesar de estar llena de gente. Volumen discreto, me da lo mismo si la reunión de comensales de esta noche está planeando un atentado, hablando de fabricar explosivos o ultimando el presupuesto para pagar a la dominatrix; lo hacen en el tono correcto, y yo les digo, "brindo por los buenos proyectos". Sentado en la barra, como un parroquiano aburrido de la vida, en este caso reconozco que un poco, y sin embargo lleno de ganas de empezar a probar la comida que me anhela en la cocina, sin conocerme todavía (esto sí es amor, lo demás es una trampa). Hoy, tengo la fortuna de alegrarme los sentidos con dos buenos amigos que sonríen y charlan de los avatares del destino. Pido un cava porque lo mismo necesito celebrar el fin de una época y no había dado cuenta; "Al Alba", hasta el nombre me hace un guiño, en fin, cada vez me gusta más este momento. Después pediré un tinto, denominación de origen de Ronda "Chinchilla", (¿cuánto tiempo ha de pasar para que empecemos a tomar en serio a los vinos andaluces?). Y al fin, comanda al vuelo:




Aperitivo por cuenta de la casa: Especie de ensaladilla con pepino y manzana. Lo que en otros bares se llama ensaladilla y cuesta 2 euros y medio, aquí se llama aperitivo, está más rico y no cuesta nada. Por fin le encuentro sentido a utilizar las cucharas de helado en tareas saladas (siempre me ha parecido una estafa). Matices de Dulzor, quizás prima segunda de la tradicional, pero, al fin y al cabo, eficaz para convocar al apetito. Si bien la presentación es un poco tosca, el sabor es interesante. Preludio con contenido.





. Ajo blanco con gambón. Como diría el gran Jowie, "me gusta el ajoblanco, me gusta el gambón, pues...". Equilibrio: ajo blanco suave y cremoso, aderezado con uvas y el sorprendente toque de la granada, crema fría que parece abrigar la imponente presencia de un jugosísimo gambón presentado caliente. Hay un contraste de temperaturas muy agradable. Por momentos parece que el ajo blanco sea la salsa del gambón. Por momentos parece que el gambón sea uno de los aderezos del ajo blanco (uvas, granadas, gambones, los dioses a veces son amables con nosotros). Un plato muy rico y muy generoso.




. Puntillitas con huevos rotos y patatas a lo pobre. La virtud de la sencillez, que no de la simpleza. Nos olvidamos del minimalismo, pero es que la buena gastronomía no se define en base a lugares comunes, sino a lugares especiales. ¿Por qué alguien habría de convertir este fantástico plato en una celosía asimétrica de heptaedros gaseosos, liofilizados y gelatinosos? A mi no me convencen los fuegos de artificio, si no son capaces de hacer volar una mina (estoy un poco bandarra, lo reconozco). Rompiendo tópicos absurdos, así se construye una cocina de referencia. Para mí, platazo.





. Tajine de rabo de toro con cous cous y garbanzos. Triana/Asilah, Distrito centro/Tetouan, San Lorenzo/Chef-Chaouen, Aracena/Meknes, podría seguir, pero seguro que ya ha quedado claro. Si habéis estado en Marruecos, seguro que en algún momento del viaje habéis dicho "coño, si esto parece mi barrio", pues a algo así sabe esta tapa. Aqui hay sabor hasta en los espacios en blanco. Aqui hay canela, dátiles, cous cous, zoco, regateo, placitas, atardeceres, paredes blancas, zaguanes, acequias, paseos, azahar, azafrán, estragón... Puente aéreo sin aviso. Un plato sabrosísimo que se disfruta desde el comienzo, se saborea sin pestañeo y se rebaña hasta el lacado del plato.





. Media esfera de chocolate y praliné con crema de melocotón. Uno de esos casos en los que se cumple aquella legendaria máxima de "como es mejor comer que mirar, es mejor mirar que escribir" (sí, ya sé que me podría aplicar más a menudo el cuento). Pues este bombón que parece haber engullido a todos sus amigos de la cajita, sabe más o menos como parece, sólo que no explota cuando le metes la cuchara y no pringa con chocolate caliente a los vecinos de mesa. Tras la estática pose de "sé que me deseáis", lo previsible: una belleza interior fría, que, eso sí, nos sirve para aliviar el resultado final. El toque crujiente de la almendras y el maravilloso tocado que luce elegante, helado de melocotón muy cremoso, terminan de añadir posibilidades al lienzo de sofisticada obesidad que todavía nos mira inmaculado, la magia de la fotografía (aunque lleve ya varios días en otra dimensión).


Parece que Mechela está postulándose seriamente como rookie del año en el panorama gastrónomo sevillano, pues, un año después (o similar) de su apertura, y ya tiene aforo completo en casi todos los servicios, además de coleccionar buenas opiniones. Mechela parece navegar con soltura y experiencia por las aguas de la cocina tradicional, aportando marca de la casa, sin escrúpulos respecto a la generosidad de las raciones y, parece, poco a poco afilando o afinando el contorno de su propuesta gastronómica, desprendiéndose de lo accesorio, midiendo lo excesivo etc. Y ya sea por el balón de oxígeno que me supuso en mitad de mi cólera pre-navideña, comodidad, buena dosis de sabores nuevos y panza llena, o ya sea porque últimamente estoy fasi, pues yo le doy mi voto. 

3 tapas, un postre y dos copas de vino: 22´40 euros.

Mechela. Calle Bailén 34. Sevilla.



Bueno amiguitos, espero que os haya gustado este experimento. Yo me lo he pasado muy bien. Estoy seguro que ahora pensáis que además de ser un pretencioso escribiendo, también soy un prepotente y un arrogante y, eee, pues sí, tenéis razón, pero en fin, de todo tiene que haber. De todos modos, el karma está haciendo justicia conmigo, no os preocupéis. 




viernes, 22 de noviembre de 2013

PONCIO TABERNA. SEVILLA

Coplas a la luz de los pucheros


Abanico de olores y artera silueta gasta la gigantesca huella de tradición que persigue sin jadeo y sin estrés al paseante que circula las calles de Sevilla. Así como una gran fauce que pisa los talones y se traga el espacio, que rodea, que embosca a cualquiera que camine las calles de una ciudad más vieja que la noche. Y qué ridículos resultan los intentos de zafarse, y las voces rabiosas que se revuelven y exhiben sus modernidades y sus esnobismos, propaganda y boicot sesudo a mano, no vaya a ser que la tribu te expulse del cóctel y la peli polaca de por la noche. Tantos se olvidaron de la definición y el concepto primero, y se dejaron llevar por los fosos interesados del lenguaje. Que no, que el folklore no es Rocío Jurado, ni los capillitas dando la vara, ni los señoritos apestando a colonia a las puertas de la Maestranza, que no, que el folklore son las marcas de los carros hendidas en los adoquines del centro, las sombras de los viajeros que alguna vez pisaron las mismas calles, las insolentes voces de los locos que alguna vez habitaron las esquinas, las canciones escritas en las piedras de los pasajes, los poemas olvidados en los jardines o las coplas que retumban por las venas de más allá del río, donde los nombres de las calles vecinas tan pronto recuerdan a cantaores trianeros como a castillos de la Inquisición. Folklore son los recuerdos de chico, los paseos con tus padres, las comidas en casa de la abuela, un tejido de memoria más grande que cualquier patraña interesada.

Para mi, la única manera cierta de conocer de verdad las ciudades es con el binomio activo del coqueteo y la imaginación, disfrutando en versionar la historia que fue con capítulos imposibles y desde luego, saboreando cada uno de los rincones que se pisan a base de posibilidades que quizás fueron, o quizás no. Entonces y sólo entonces yo creo caminar con espíritu viajero, cuando da igual si el tiempo me hará caer o me llevará a las cumbres, y pierdo el pudor que supone sentirme solo y disfrutarlo. Vagabundearlo todo, hasta aquellos lugares que conoces mejor que tus arrugas, como si fueras un caminante virgen por entre los laberintos urbanos, condenado a la distracción. Sevilla es una ciudad bien cómoda para redescubrirse en cada intento. Para pocas cosas más es cómoda Sevilla (cerveceo y charangas a parte), para poquitas cosas más. Sin embargo el juego de descubrir, de inventar y de aprender toma un carácter virtuoso en una ciudad como esta, con más pasado que presente (me temo).  Andaba yo contento, con algo de dinero recién cobrado de algún bolo (por supuesto, manos a la cartera y con el céntimo de marras en el banco para que no me quiten la cuenta) y con la reciente pista de uno de esos lugares especiales, camuflados entre el vasto entramado de bastardos y advenedizos gastrobares. Andaba yo con buena energía y con buena noche me premió el salvaje destino: cultura en tamaño degustación, como a mi me gusta, un patio donde flotaban los buenos versos alumbrados por los faroles, una casa de comidas donde se veían bailar con sofisticado descaro la tradición y la vanguardia y un nombre, Poncio. La taberna Poncio, en la plaza de Santa María la Blanca, es uno de esos bares que parece haber estado ahí siempre. De hecho no es casualidad que ya 15 años atrás, un Poncio trianero dejara con la boca abierta, para después convertirse en un Poncio en La Cartuja y finalmente mudarse a su casa definitiva en el centro de la ciudad. Llegaba, pues, con el prólogo bien aprendido, casi con ganas de recitarlo de memoria,  un local con solera en sus órganos, fama en su operativa y una localización que, si bien puede que sea de las mejores posibles en la ciudad (excepto por el tema aparcamiento), también daba cuenta de los probables excesos, tanto en forma como en contenido. Ya era hora de comenzar y así, me hice con el interior del local, amplio y bien compartimentado en zonas, sobrio, tenue y con el prometedor silencio que antecede a las experiencias de buena contemplación. Una vez más, las primeras impresiones haciendo su trabajo, el flechazo, La indiferencia o la curvatura de la ceja, en fin, en este caso, continuaba el optimismo. Sentado en una cómoda esquina, con buen paisaje a la vista,  respetuosos vecinos y una discreta banda sonora de fuegos y cacharros a la vera, disloqué el orden natural y pedí el menú degustación grande antes de reflexionar sobre todo aquello. Y después reflexioné, mientras esperaba la colección de maravillas (adiós intriga), así como yo reflexiono, es decir, a base de laberintos, y esa reflexión me llevó a hacer dos cosas: 1) buscar la estrella michelín en las paredes como se busca a Wally. 2)  lo más peligroso del mundo, engordar la ilusión hasta cerca del estallido.

Mi pedido: Menú degustación grande consistente en 5 entrantes/snacks, 4 platos y 2 postres. A parte, copa de vino blanco denominación de Cantabria “Micaela”, copa de tinto Ribera del Duero, “Viña Pedrosa”, crianza de 2009, botella de agua y café.      

Voy a comentar los platos someramente y por bloques, porque una cosa es comentar  5 historias y otra es escribir sobre 11 y, en fin, asi también os echo un capote, queridos dos únicos lectores…




. Pan de Zanahoria con jamón.




. Ensaladilla de pulpo.


. Paté ibérico con sorbete de naranja amarga.



. Croquetas de cola de toro y Chips de tortilla de camarones.
   

¿Snacks?, quiero decir, 5 bocados de esta envergadura, con esta cantidad de detalles, de esta proporción, en fin, ¿snacks?. Para los que condenan la alta cocina por la escasez de las raciones, ya ven, termino el primer capítulo con una sensación de plenitud in crescendo. Uno por uno, los entrantes resultan versiones filarmónicas de canciones populares, interpretadas con el respeto que infunde lo que se hereda con fortuna y replanteadas desde una mirada que parece no dejar nunca de lado el lugar de donde viene. Y todo nos suena familiar de algún modo, un montadito de pan de zanahoria con un jamón que hace llorar, una cremosa ensaladilla que sustenta con textura los potentes recuerdos de pulpo a feira, una galleta de paté ibérico con el recurrente acierto del contraste dulce y un curioso bodegón de tortillas de camarones y cocletas,digo, croquetazas de cola de toro, que remata el primer asalto con la sorprendente fritura. Así, sin aviso, el chef nos acaba de dar un paseo por cualquier finde de nuestra vida, regalándonos la posibilidad de redescubrir, como se hace a veces y sólo a veces por las calles que uno se conoce mejor que sus arrugas: pan con jamón para desayunar, tapita de ensaladilla pre-almuerzo, galleta para los que todavía merendamos, y para la noche, un cartuchito de fritura de la buena para acompañar un paseo por el río. ¿Y todavía hay quien desprecia las buenas tradiciones?.    

Segundo Round, nos ponemos serios.




. Salmorejo de remolacha con polvo de queso y mojama de Isla Cristina.




. Arroz meloso de choco en su tinta.



. Sashimi de buey con aceite de romero y salsa de limón marroquí.



. Carrillada ibérica al oloroso con ajo colorao y ajonjolí.


Qué decir cuando lo que se desliza delante de ti es una suerte de antología gastronómica cuyas extremidades están dispuestas en base a un increíble diálogo entre sabores que recuerdan y sabores que evocan. Cada plato arroja un alud de sensaciones familiares, de sabores cercanos. Cada plato agita la imaginación y el estímulo con rincones llenos de sorpresa. Tradición amplificada, como enterarte qué sabor subyace debajo del suelo. Pocos comentarios de pretensión técnica le cabe a esta vivencia, porque al fin y al cabo esta noche es una noche de cosas que erizan la piel (ya nos hemos dado cuenta). Denso salmorejo de remolacha que sabe a tierra y mojama que sabe a lonja virtuosa. Arroz cremoso de choco, especialidad del chef por una tonelada de motivos, punto perfecto y sabor de otro planeta. Sashimi de buey de corte preciso y aderezos dulzones aunque resultado compensado. Y para finalizar una jugosísima carrillada, que conservando el aire de la típica tapa, se amplia a través del uso de las especias con tonos próximos a la gastronomía árabe.  


Desenlace previsible.




. Torrija caliente al moscatel con crema de canela y espuma de brandy al Jerez.




. Rosa de miel con mousse de queso y arándanos del Coto.





. Mignardices. (petit fours).


Mismo sistema, elaboraciones tradicionales enviadas hacia las alturas por la impronta del artista. No se pierde fuelle, la maquinaria funciona a todo rendimiento hasta el último aliento y eso se plasma en la calidez y complejidad del apartado dulce. Concluye poco a poco el tiempo en Poncio y uno se esfuerza en no dejar ni rastro de petit fours sobre la mesa, aunque la barriga dicte que ya es suficiente. Concluye la historia de hoy, melancólica en cierta manera, desde luego memorable. Y al final, uno se marcha masticando una revelación construída a través de 11 capítulos:  ¿a qué sabe el buen folklore?.

La taberna Poncio es estilazo y carne de millón de premios; alta cocina sin parafernalia, comprometida y con buena memoria. Todo en el lugar respira comodidad y buen hacer, desde el inmejorable trato del servicio hasta la excelente oferta gastronómica. Todo en Poncio es exacto: la narrativa, los tiempos, las características climáticas y así, a base de detalles se fragua el satisfactorio resultado.
La taberna Poncio se disfruta y se descubre; y en ella se devuelve el piropo, haciendo descubrir o redescubrir a quien la pisa, lo que muchas veces se da por sentado o se somete a la sumaria e injusta crítica.
¿A qué sabe el buen folklore?. La respuesta anda muy cerca.

5 entrantes, 4 platos y 2 postres, más 2 copas de vino, agua y café: 47 euros.

Poncio Taberna. C/Ximenez de Enciso nº 33. Sevilla.

lunes, 10 de junio de 2013

RESTAURANTE DEL PARADOR NACIONAL DE TURISMO DE CARMONA. CARMONA (SEVILLA)

Peculiaridades geográficas de los páramos y sus aledaños.

Cosas asombrosas suceden al adentrarse uno en los páramos. En los territorios de lo inerte y lo desesperante, donde fulgores precocinados fuerzan la serenidad y el luto, donde piedras sin definición adornan a mordiscos los templos. Mares sin forma, sudados desde el impresionante descaro, están preñados de bulos y falacias, están ebrios de su propia digestión. Son tristes y sin embargo iluminan, cosas asombrosas en los páramos, deslumbran, luminarias grotescas manchando con insolaciones, un carrusel resbalado en absurdos e innecesarios torrentes de protagonismo. Dejan boquiabiertos, maravillan idiotizantes, arrebatan  y redefinen los esquemas si les dejan. La pervivencia vaga y arrogante en la erótica del poder, la renta vitalicia para los niños de papá que pueblan las esferas. Otra anécdota de los páramos: la distorsión sensorial de la jerarquía. Los amos del cotarro que huelen con el tacto más ordinario, no son capaces de utilizar los oídos, y se alimentan de los préstamos de una geografía virtuosa. Cosas asombrosas, sí, cosas increíbles.

El hecho de que El Parador nacional de turismo de Carmona se localice en una incontestable altura histórica y conceptual, no impide, lamentablemente, que su propio restaurante lo haga en los peligrosos términos de los páramos, allí donde coquetea, con más osadía que lamento, con la envenenada flora de sus extensas afueras. Quizás eluda tributar en su centro arterial o quizás evite la burla de caminar sus vértebras de oficio, pero la vocación se lleva esculpida y nada impide, al final, el magnetismo de la tierra estéril y del plástico look de capirote y cruz roja, sambenito de pasarela, avenida y boulevard. El restaurante del Parador de Carmona se insinúa a los sentidos visitantes, sin silencios, como una fulana llena de complejos y se arroja protegido, relajado y comodón bajo las delicadas faldas de una madre monumental. Pero ya se sabe lo que nace del trauma y de la mala crianza: críos de anuncio de El Corte Inglés y campamento del Opus, púberes repelentes y quejicas y, a saber, un niñateo sabihondo y relamido que dura hasta la tumba. Seamos amables, quizás no sea el caso, pero, en fin, es lo que tiene vivir tan cerca del tufo a trola, que a veces uno se cree un fénix rampante y termina pareciendo un parásito con luces de navidad en las alas.

 El contexto que abriga al objeto de nuestra experiencia es, sin embargo, insoportablemente perfecto. Carmona, una invención milenaria, bombón patrimonial, casa de magias e imaginaciones, vértice de vibraciones en el subterráneo. El propio Parador, enclavado en el Alcázar del Rey Don Pedro, un palacio fortaleza coronando la campiña sevillana, un faro a los pies del primer océano terrestre en la noche, un final a la filigrana de calles dibujada con precisión por la ciudad. Todo promete una experiencia gastronómica memorable, pero… como tantas veces, nos hemos de satisfacer con la promesa.

Bien, al umbral del restaurante se llega por varios caminos. El camino del turista guiri acomodado, que conduce directamente al aprobado por exotismo. El camino del turista nacional acomodado, que conduce directamente al aprobado por apariencia. El camino de la parejita de luna de miel o similares, que conduce al aprobado por defecto (todo es maravilloso incluso la cucaracha en los baños de aquella puta tasca, incluso aquel señor que te robó a punta de navaja). Y por fin, el camino del hijo de vecino que se limita a la cafetería y sin embargo (joder, qué caro), y los caminos del ejército de gente un pelín más ambiciosa (foodies, aventureros, críticos de periódico o de mentira, como yo), que conducen a un mismo lugar de varias maneras. El lugar: la decepción. Las maneras: desde una mala cara, hasta una hoja de reclamaciones, pasando por un “la próxima vez te compra tu santa progenitora”.

Amigo novato, obvia el lienzo tras la ventana, piensa que las paredes colosales no fueron levantadas por el gerente del restaurante, recuerda que un día pisó estos dominios el bueno de Carlos V, o los campechanos Reyes Católicos y por tanto ten en cuenta el valor per se del emplazamiento, con habitaciones para turistas y fogones ortopédicos o sin ellos, y tras ese esfuerzo, mira la carta y elige alguna de las opciones.

Mi pedido: Un menú degustación de 5 platos, dos copas de vino y un café.





. Aperitivo por cuenta de la casa. Dos boquerones en adobo sobre hojas de endivias. 
Yo no le suelo mirar la dentadura  al caballo que me regalan, lo que sí miro es esa hoja de algo indefinido, que separa las dos unidades, con menos color que un limón amarrado al Sahara y aspecto de llevar existiendo más tiempo que el Alcázar. Sabor por los pelos. Incluso yo podría hacer un canapé tan “sofisticado”, el adobo se cayó sobre la ensalada y EUREKA.





. Primer plato. Dúo de sopas frías (gazpacho y ajoblanco) en vaso de chupito.
Bueno, aceptemos que para el chef, el mundo “vaso de chupito” es el añadido de vanguardia. Eso en mi pueblo es un vaso de té comprado en Chaouen, de vacaciones, pero aceptamos barco. Aceptamos también el pinchito de cherry y uva (Dios, este tipo es un visionario). El problema está en que si el gazpacho es plano (mi madre hace gazpachos 3 vidas más ricos que ese… bueno y que el de Ferrán Adriá, no vale, ya lo sé), y el ajoblanco está salado hasta la molestia, la tontería del pincho y el vaso de chupito dejan de tener gracia. Oh no, y otra vez el mutante vegetal está ahí.





. Segundo plato. Espinacas salteadas con gambas al vinagre balsámico.
La cantidad de sal en exceso que le echaron al ajoblanco es la cantidad de sal que le falta a las espinacas para ser presentables. Para regalar al plato el calificativo de aburrido, se necesita, primero, coger el salero y llenar el verde. Lo siguiente es un vestidito de gambas cocinadas pero con la cáscara, como diciendo “mira qué frescas y caras son las gambas que os servimos, palurdos que no sabéis ni dónde está Isla Cristina”. Patología recurrente en el restaurante: subestimar a la clientela. Los ingredientes se dan la espalda por completo, la salsa de balsámico enmarrona con dulzores facilones, no hay unidad, sólo una suma deficiente. Terminas considerando la posibilidad de que el chef no haya comido unas espinacas en su vida.





. Tercer plato. Bacalao confitado al romero con puré de yuca.
El plato de pescado es el más redondo de todos. Una pega: es un plato que solicité a la carta, al comentarme el camarero que no les quedaba merluza. Y no quiero ser malpensado pero me da a mí que otro gallo hubiese cantado con la merluza. Rico, sabroso, un bacalao de 20 euros, qué menos que esté rico. Puré de yuca como podría ser puré de patata sin más. Un resultado lejos del sobresaliente, aunque resultón. Por cierto, no sé si ha quedado claro, las espinacas para tirárselas a la cara al chef.






. Cuarto plato. Cochinillo asado y deshuesado en su jugo.
Resultado mediocre lejano de cumplir las expectativas. Carne dependiente en sabor, parece pedir, “embadúrname en la salsa con la que vengo, por favor”. Por cierto, si la salsa que acompaña a la carne es el jugo del propio cochinillo significa que el cochinillo ha sido alimentado a base de bechamel. Patatas panaderas y medio tomate a la plancha con habitaciones reservadas sin sentido,  para eso, no me engañes y ponme unas cuantas papas fritas y aceitosas y déjate de cuentos.






. Quinto plato. Biscuit helado de frutos secos con chocolate templado.
Cuando parecía que ya habíamos lamido suficientemente el suelo, nos llega la guinda del pastel, nunca mejor dicho. El final es lo peor del menú, un atentado para los golosos y los amantes de los postres. Por biscuit hablamos de tarta helada de la órbita de la comtessa. Por frutos secos se entiende turrón del cutre y por chocolate templado, ejem, ejem, por chocolate templado se me llena la cabeza de insultos. El postre es una broma de mal gusto, simplemente. No sé si otra opción hubiese mejorado el panorama, como por ejemplo el buffet de postres que se nos ofrecía por un precio de 8 euros y pico, bueno, qué digo, unos donettes de anteayer, habrían mejorado el panorama, dejémonos de amabilidades.

Pero no sólo de sabores se cimenta el desastre. El maitre despreocupado, torna su sonrisa impostada del principio en mutismo postrero, ni un “gracias, ¿todo bien?”, ni por supuesto una miserable explicación de los platos. La camarera torpe. El pan, rico pero escaso. Al menos dos buenos aceites con los que acompañar los momentos de pausa. Una carta de vinos ridículamente corta, en la que sólo manejan una referencia de blanco y otra de tinto, cuando pides por copa y no por botella. Anecdotaza: el camarero me sirve una copa de blanco, y tras beberla y pedir  un tinto, el tipo ni me cambia el vaso, es decir, me sirve el tinto sobre los restos del blanco. Despropósito.

Lo que le falta al restaurante del Parador de Carmona es cariño. Amor por lo que se hace. Más por falta de actitud que por falta de técnica, se estropea sin matices la experiencia. El aprobado sólo es comprensible desde la perspectiva del turista cansado o demasiado preocupado en aparentar. Después de un menú degustación de 40 euros más bebidas, uno tiene la sensación de haber pagado la novatada, más que de haber cenado en un lugar especial. Ninguno de los platos genera recuerdo, ninguno de los platos ni se acerca a un brillo que no sea el brillo embustero del artificio. La comida parece sacada de un cátering para pijos, las cantidades son desproporcionadas y las calidades son de restaurante de hotel playero con ínfulas, el sentido de los platos es inverosímil, no hay narrativa en el transcurrir de la degustación. El propio sentido del menú degustación parece adulterado para atrapar a los incautos que buscan sabores de autor, como si mañana prepararan un menú de navidad para seducir a la troupe de currelas y jefes borrachos del bufete de abogados de turno. Los precios están engordados a base de buenas vistas y una bonita decoración.

El restaurante del Parador de Carmona se aproxima en demasía a los páramos. Demasiadas expectativas como para fallar y demasiados aires como para comprender el fallo. El restaurante traiciona las excelentes primeras impresiones con desganas y mediocridades. Un espíritu pagado de sí mismo que impide disfrutar al ritmo e intensidad que cabría esperar.

Cocina insuficiente, trato muy mejorable y, eso sí, unas vistas impagables que pueden ser disfrutadas perfectamente con un sencillo cafelito, o incluso mejor, con un bocadillo de choped pork, a pocos metros del Alcázar.

Un menú degustación de 5 platos, 2 vinos y un café: 50 euros

Parador de Carmona. Alcazar del Rey Don Pedro s/n (Carmona, Sevilla)


viernes, 7 de junio de 2013

LA PARRILLA DE SAN LORENZO. VALLADOLID

De freaks, corderos, monasterios y tartas hechas de monjas...digo por monjas


A vosotros, pollos, frikis, puristas de lo inútil, a vosotros me refiero. Vosotros gorditos, feos que huis de la ducha como alma conjurada, que peináis melenas en lugares imposibles y calvas en lugares indecentes por mor del gracioso capricho de los dioses. Vosotros que os sabéis de memoria el discursito de Braveheart. Vosotros que ganáis dinero con el World of Warcarft y celebráis el cumpleaños de Bilbo Bolsón con más entusiasmo que el de vuestra propia madre. A vosotros queridos lerdos, que os debatís entre escuchar a Enya o a algún engendro nórdico de metal con violines, y soñáis con casaros en un prado, disfrazados de duendes (primero deberíais solucionar el pequeño detalle de la pérdida de la virginidad) ¿A que no me equivoco al afirmar que os encantaría cenar un lechazo hecho al horno de leña, en un restaurante dentro de un monasterio del siglo XVI?. Y eso que no os conozco a todos, pero, no sé, mi intuición me dice que yo os puedo ayudar. Tan sólo unos matices a vuestra vertiginosa imaginación: no tienen hidromiel, sólo Riberas del  Duero (y Ruedas, Toros etc). No compartiréis mesa con el enano de Juego de Tronos, más bien con alguna entrañable pareja de celebración “romántica” o algún viajero extraviado y  el precio de los platos equivale al precio de alguno de vuestros muñecos de colección metidos en la caja hasta el fin de los días. 

La Parrilla de San Lorenzo supera las perspectivas paridas por los clichés y el imaginario castrado de manera integral. Ya seas un Nerd de 35 años que cree que Tolkien sigue vivo, ya tengas esa distraída visión histórica por la cual todo lo que no es el siglo XX se convierte instantáneamente en la Edad Media, época de maravillosas aventuras y por supuesto nada de enfermedades, mugre y violencia brutal, o, de hecho, ya seas el tipo más racional y crítico del planeta mundo, déjate las expectativas en casa, y prepárate. 
En pleno centro de Valladolid se muestra orgulloso un local que ha sobrepasado las fronteras de la restauración para convertirse en un monumento que todos los vallisoletanos conocen. Sólo basta con preguntar al primer paseante que te encuentres para confirmar  la fama. Efectivamente,  La Parrilla de San Lorenzo ostenta según la mayoría, el grado de lugar imperdible e insólito, además  del nada banal título de catedral del lechazo, el plato más reconocido y solicitado de la provincia (y uno de los fundamentales de la región). Y es que, el restaurante se encuentra en los bajos de un monasterio de monjas recoletas, monumento nacional, y alberga en su interior una vasta colección de obras de arte, cuadros, tallas y piezas antiguas. La idea de cenar el mejor cordero de Valladolid se completa con el reclamo (un tanto freak) de hacerlo dentro de un museo (como reza su eslogan), y se remata con la posibilidad de que te sirvan la cena las propias monjas, lástima que el convento sea de clausura y la idea se desvanezca al poco de aparecer.

La Parrilla de San Lorenzo es, por dentro, un lugar raro. Por fuera no anticipa sus entrañas ni imaginándolo, porque una tipografía no es nunca tan chivata. Ni siquiera una ristra de banderas en la fachada lo es suficientemente. Quizás si el monasterio estuviese en lo alto de una colina y adornase su marco con relámpagos, sólo quizás así se podría predecir un poco. Al entrar, estás ante un espacio amplio y tenebros… digo, con poca luz. Un amplio recibidor con una gran barra y varios simpáticos verdug… digo, camareros, anticipa las salas del restaurante. Ya se huele la carne human… digo, la carne de cordero, en los hornos de leña. Al acceder a tu mesa y digerir poco a poco el planteamiento estético del lugar, dejas de observarle temeroso los colmillos al camarero de turno y comienzas a relajarte. Y es curioso, porque a pesar de todo, de repente te asalta una grata sensación de comodidad. A eso ayuda que tanto el maitre como el personal encargado de las mesas sean diligentes, rápidos y te dediquen una expresión amable. Es bien cierto que todo está planteado desde un sentido barroco y recargadísimo, desde las paredes hasta la propia carta, pero en La Parrilla de San Lorenzo no se tarda apenas tiempo en disfrutar, en saborear  con ganas  lo que te rodea y dejarse llevar por ese puntito kitsch que todos albergamos (un kitsch muy refinado, en este caso). Y bien, prejuicios fuera, y a disfrutar como un enano que cree en dragones del maduro divertimento que está presto a entregársenos. 

Mi pedido fue:  Un plato de queso de oveja, de primero. Medio cuarto de lechazo de raza Churra, asado en horno de leña, de segundo. Tarta de las monjas de postre. Para beber, una copa de Rueda Carramata cosecha, recomendación del sumiller para acompañar el queso y una copa de Ribera del Duero Pradorey, también cosecha y recomendación. Café con el postre.




El queso, sabroso pero mejorable (ningún aderezo, ningún aceite, sólo queso y pan, combinación que hubiese brillado con un mínimo de imaginación).





El lechazo simplemente exquisito, crujiente, jugoso, hecho en su punto, profundísimo en sabor, tierno y brutal. Sin aderezos, un bocado de excelencia sin necesidad de nada más que el propio jugo de la carne. Para aquel que disfruta del cordero, y más allá de cualquier tipo de carne, se trata de educación obligatoria. 





La tarta, una sorpresa. Elaborada por las propias monjas del convento. Un abanico de dulzores, hipercalórica y empalagosa para algunos, pero con el gusto inigualable de la artesanía. Como si un batallón de abuelas misteriosas se dedicaran a mejorar una receta hasta convertirla en tierra de otro mundo y sabor de otro tiempo. Por supuesto no apta para vigoréxicos, tipos con escote ni muchachas más pintadas que una puerta (se desvirtúan los sabores con la suciedad del maquillaje y se infla la chasca de los músculos huecos hasta la incontinencia).

La Parrilla de San Lorenzo es tradición sin dogma, folk sin caspa, raíz sin pátina rancia ni malos olores. Un templo de atmósfera efeméride y espíritu honesto, donde las miradas están dispuestas en panorámica y juegan al estrabismo comprometido, hacia el pasado mentor y hacia el futuro resuelto. Comer bajo lienzos del XVIII, observado por tallas de museo y piezas incalculables, termina convirtiéndose en una experiencia de estimulada contemplación, donde se difuminan los roles y uno se acaba viendo dueño de todo, maldito aristócrata solitario, dueño de una catacumba de placeres. Pero, para ello hay que dejarse de monsergas prejuiciosas, y como de costumbre, simplemente  arrojarse a jugar mentalmente con los ingredientes que el sitio te proporciona. La comida es excelente, la localización es inmejorable y las características estéticas son tan pintorescas que si uno no las aprovecha para fabular es que es uno es un coñazo.

A vosotros, jugadores de rol empedernidos, si dejáis atrás los desmanes psicóticos y sustituis los dragones por lechazos y las mazmorras por restaurantes en bajos de monasterios, llamadme y me invitáis, que yo a cambio prometo daros un +3 al escudo.


Una ración de queso, medio cuarto de lechazo y una tarta de las monjas, dos copas de vino y un café: 44 euros

La Parrilla de San Lorenzo. C/Pedro Niño nº 1. Valladolid